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Sin Mordaza
16-04-2018
16-04-2018 | Interés General | MUCHA VITALIDAD

Tiene 104 años, teje, lee y recuerda su infancia

Nació en 1913, y su papá Juan, que vivió hasta los 102 años. Vive desde hace cuatro décadas en la localidad santafesina de Carcarañá y evoca su vida en el campo, que fue su lugar en el mundo. "Allí fuimos felices", asegura.

En el aparador se alinean velas de números, son de distintos colores y comenzaron a guardarlas a partir de la centena. Dentro de poco la fila tendrá el 105 y Delia Basso de Guraya cumplirá la poco común edad con una vitalidad que asombra. Quedó prendada del campo donde nació y vivió y hoy preside su casa en Carcarañá (a 196 kilómetros de la ciudad de Santa Fe) con la firmeza de siempre. Entre el sentir y la anécdota rescata a la vez, mandatos y desafíos en la vida cotidiana del país con el que compartió el último siglo.


La primera sorpresa fue cuando ella misma atendió el teléfono, aceptó la entrevista y bromeó sobre ruleros para la ocasión, aunque aclaró que su sencilla historia de vida quizás no lo ameritara. La segunda, la charla chispeante hacia un pasado donde ancló su sentir en mañanas de ordeñe y tarde de bordados y costuras. "En el campo fuimos felices", dice sobre el lugar donde nació, creció y vivió cuando formó su propia familia.


Desde hace unas cuatro décadas vive en una casa con jardín al frente y con tres personas que se turnan para acompañarla. Así ella sigue en su entorno, con sus objetos de siempre y sus labores porque no todos son recuerdos. Delia sigue activa: lectura, puntillas al crochet y sus charlas con Laura que se encarga con diligencia de la rutina de la tarde.


Camina sola


"Tengo 104", dice en torno a la mesa con café y sándwich, allí se reúnen cuando llega la familia que le dieron sus hijos Ethel, Elena y Francisco, ya fallecido. Su esposo Alfredo murió en 2005, a los 92 años, y llegaron a cumplir 71 años de casados. "La estoy pasando bien, gracias a Dios", afirma Delia, y hace gala de su salud que sólo tiene a una silla de ruedas como descanso para desplazarse, porque aún puede caminar sola. Nunca un dolor de estómago y por supuesto ningún alimento prohibido y lo de Dios no es una referencia al paso, cada mañana y noche, emplea no menos de media hora en rezar "pidiendo por todos menos para mi".


El resto del día lee y siempre algún libro, en lugar de radio y TV, "por lo que hay que ver?", sentencia. Después matiza el tiempo tejiendo, en invierno los cuadraditos de lana que "siempre pide Cáritas", y el resto del año teje elaboradas puntillas al crochet en los extremos de toallitas de mano, que guarda envueltas como regalo para las visitas, hecho del que dan fe cronista y fotógrafa.

Fuente: SM / El Once
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