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Sin Mordaza
08-07-2018 | Opinión | ANÁLISIS

Partidos políticos ¿líquidos o liquidados?

Basta con lanzar una rápida mirada al mundo, para formarnos una idea, de la situación que viven, los partidos políticos históricos en distintas latitudes.

Por Rocinante


El último caso, no del todo el más claro sino quizás el más ambiguo, es el que se ha dado en México el domingo pasado, con el triunfo arrasador obtenido por López Obrador, en el que precisamente por esa señalada ambigüedad es que resulta de interés que me detenga.


Es que el nuevo presidente, políticamente nació, creció y adquirió una sólida reputación en el Partido Revolucionario Institucional (PRI) que durante décadas próximas a un siglo fue en ese país lo que se conoce como un partido hegemónico, queriendo significarse con eso que, si bien no se trata de un partido único, es aquel que triunfa sistemáticamente en las elecciones. Inclusive cabría decir que si no llegó a transformarse en un partido de este tipo es porque existía el dedazo, un mecanismo en el que se combinaba la imposibilidad de la reelección presidencial, con la informal potestad que tenía el presidente en ejercicio de señalar con el dedo al que iba a ser ungido por los órganos partidarios como el sucesor.


Cierto es que luego cambiaron las cosas avanzándose a un volátil bipartidismo, pero, considerándose López Obrador fuera de juego, se marchó del PRI y fundó un nuevo partido, el Partido Revolucionario Democrático (PRD), que lo llevó como candidato a la presidencia en las que resultó perdedor, en comicios que impugnó con acusaciones de fraude. Después de lo cual dejo atrás el partido que había fundado, y se empeñó en fundar otro (esta vez con el nombre de Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) que le ha permitido lograr la presidencia, acompañado en su cruzada en una extraña alianza con un partido de la derecha fundamentalista, constituido en base a grupos religiosos evangélicos, que en cierta forma se ubican en el otro extremo del espectro político. 


Termino la relación señalando primero que en estas elecciones el PRI quedó completamente descalabrado y, en apariencia, con pocas posibilidades de resucitar, y que en México no existe una idea clara acerca de lo que López Obrador va a hacer una vez que llegue al poder.


De México, yendo hacia atrás, pasamos a Italia, donde ha accedido al poder una curiosa coalición conformada por una joven formación populista de izquierda, creada por un famoso cómico y con un nombre acorde con la profesión del fundador ya que es el de 5 estrellas y otro populista de derecha y hasta separatista Liga del Norte. Una formación con cara remozada, a pesar de que hasta hace poco fue socia, de Berlusconi.


Si de Italia pasamos a Francia nos encontramos que en la últimas elecciones presidenciales de hace dos años, triunfó Emanuel Macron, con un partido político formado a las apuradas, si se tiene en cuenta que el mismo quedó conformado en menos de un año, un término cortísimo, si se lo compara con el proceso que le llevó al mexicano crear sucesivas estructuras que le permitieron llegar al poder.


Podría seguir trayendo ejemplos a colación (inclusive el de Trump, que llegó a la presidencia encaramado sobre una estructura partidaria cuyos dirigentes no lo reconocían mayoritariamente como uno de los suyos) pero considero que el repaso ha sido lo suficientemente exhaustivo a los fines de mostrar partidos políticos en crisis, en muchos casos terminal.


Y por casa, ¿cómo andamos?


La situación que entre nosotros se vive, como no podía ser de otra manera, muestra semejanzas y diferencias con las precedentemente descriptas, aunque tiene con ellas un innegable aire de familia.


Si miramos lo que es casi nuestra prehistoria política desde la actual perspectiva, nos encontramos que son casi inexistentes los restos de lo que de una manera, no del todo feliz, se puede mostrar erróneamente como un solo bloque, en alusión a un conservadorismo que se remonta cuando menos a Julio Argentino Roca y en el que convivieron una línea de conservadorismo liberal, con otra volcada más hacia la derecha; restos observables: la provincia de Mendoza donde se los ve resistir tozudamente.


El socialismo en su doctrina y forma de actuar original, un partido de ideas exhibidas por personalidades de fuste que ya no es lo que fue y se ha convertido en varias cosas, entre las que guarda lo más parecido a sus orígenes es el socialismo de Santa Fe. Algo parecido puede decirse de los demócratas progresistas que dieron al país hombres públicos de magnitud, entre los que sobresale su creador Lisandro de la Torre, y el comunismo, completamente desdibujado después de la disolución de la Unión Soviética y que como en el caso de los referidos está resignado a prestar su nombre que permite dar mayor entidad formal a una alianza o frente, del que apenas se los podía considerar como socio muy minoritario, haciendo de esa manera posible la inclusión de uno de los suyos en las listas de esa coaliciones.


De donde la política nacional desde hace poco menos que un siglo ha mostrado un escenario ocupado por el radicalismo, el peronismo, y por lo que atípicamente puede ser señalado como el partido militar (¡!).


El radical, continuador de la Unión Cívica se lo debe considerar, y ello hace que su mérito sea grande, el preservador de la institucionalidad. Desde sus orígenes convergieron en el líneas de idiosincrasias similares pero no idénticas, que llevaron a que se produjeran antagonismos recurrentes que inclusive terminaron en fracturas como el caso de los irigoyenistas y los antipersonalistas, o el de intransigentes y radicales del pueblo, a los que siguieron después reacomodamientos unificadores, a la vez que nuevas escisiones.


Del peronismo es posiblemente el que más se conoce en nuestra historia reciente, por su papel que en posiciones cambiantes ha tenido siempre en el centro de la escena, dando muestras de una ideología difusa consecuencia de su auto calificación de movimientista, que ha permitido que así se consideren peronistas quienes están en las antípodas, como sería el caso de López Rega y Firmenich.


Lo que queda y la novedad


El estado actual que acusan los partidos políticos es preocupante no solo en el caso que ellos se miren a sí mismos, sino desde una perspectiva institucional. En una primera apretada descripción, se debería concluir que su situación es el fiel reflejo de la de nuestra sociedad.


Seguramente desde el radicalismo se discrepará en mi definición, pero lo que veo en la actualidad es una estructura dirigente adelgazada que mantiene una presencia territorial extendida en todo el país, y que da cuenta de un núcleo de afiliados y simpatizantes menguante y crecientemente desmovilizado.


Una postura que se ve complicada por la alianza electoral que lo ha llevado a integrarse con Cambiemos, sin que ello le haya permitido ser parte de un verdadero gobierno de coalición, circunstancia que se complica con la existencia de grupos de dirigentes a los que, en la mayor parte de manera silenciosa, se los ve desafectos con el actual estado de cosas.


Mucho más complicado es el cuadro dentro del cual se mueve el peronismo. Dicho de una manera escuetamente simplificada nos encontramos ante un compacto grupo cristinista de una fidelidad férrea, una de cuyas expresiones más notorias es La Cámpora, cuya definición ideológica cabría señalar que tiene poco y nada que ver con el peronismo tradicional, y que guarda similitudes, al menos en su estrategia, con el entrismo montonero del pasado siglo.


Frente a él se da la curiosa circunstancia de un peronismo político tradicional (ya sin sus dos ramas históricas, la masculina y la femenina), que en apariencia, y solo en apariencia, hace acordar al estado de cosas existente luego de la caída de Rosas (en épocas de fundación del Partido Autonomista Nacional), en la que el peso político giraba en torno a gobernadores semifeudales aposentados en las situaciones provinciales, que en aquellas épocas lo eran fundamentalmente de su ciudad capital.


Dentro de ese cuadro no hay que olvidar el papel que juega el sindicalismo peronista (la tercera pata del peronismo histórico) que al mismo tiempo que ha perdido peso en los gobiernos justicialistas, como contrapartida hace su propio juego en el escenario político nacional. Ni tampoco hay que desconocer la presencia de líberos, que entre los distintos sectores vienen y van, e inclusive se los ve actuando en los otros.


La novedad política se hace presente con el PRO, que de ser un partido municipal ha accedido a la Presidencia de la Nación, conformado en la mayoría del país por un número desparejo de simpatizantes (a los que cabría añadir aquellos que le hacen el aguante al gobierno) y con dirigentes de desparejo nivel, y cuyo futuro, incluso su supervivencia depende del resultado de la gestión electoral. Pero también, aunque ello no se lo perciba totalmente, en la presencia de una izquierda no del todo unida todavía pero con claras posibilidades de crecer.


Una manera esperanzada de mirar los partidos políticos en crisis


La crisis actual de los partidos políticos puede ser interpretada de dos maneras diferentes. Una, que lo que está en crisis son los partidos políticos tal como los hemos conocido, y en la forma que actualmente creemos entenderlos. La otra, es que no nos encontramos frente a una crisis de los partidos, sino del sistema de partidos.


En la primera de ellas – los que estarían en crisis serían los partidos- se debe hacerlo aludiendo a la decadencia de lo que podríamos mal llamar las oligarquías partidarias (a las que otros, interpretando que lo que está en crisis es el sistema y no los partidos, la designan como partidocracia), en la que se ve un grupo de personas con vocación más de servirse que de servir, con todas las ominosas consecuencias que ello acarrea que van desde la corrupción hasta la incapacidad de gobernar.


En contraste, la otra interpretación viene a sostener que lo que está en crisis no son los partidos, sino el sistema de representación basado en ellos, lo que en definitiva vendría a significar su extinción más allá de que sobrevivan formalmente, llamado de ese modo a lo que no lo es. Un estado de cosas que se da en los regímenes de partido único, ya que el par-tido, que alude a una parte del todo, nunca puede ser la expresión exclusiva y excluyente de ese todo.


Es por eso que mi esperanza reside en que a la postre quede en claro que lo que está en crisis son los partidos y no su sistema. Lo cual significa que los partidos políticos se tengan que reconvertir volviéndose líquidos, si consideramos válida la interpretación que hace el sociólogo, nacido polaco y muerto inglés, Sigmon Bauman quien acuñó el concepto de modernidad líquida, como forma de referirse a la sociedad en la cual vivimos y hacia la que estamos yendo.


Es que Bauman distingue entre la modernidad sólida y la modernidad liquida. Y explica en referencia a la primera que en el pasado, nos encontrábamos en un mundo predecible y controlable, un mundo sólido. La rutina, la visión a corto plazo, las costumbres, las colectividades eran unas de sus características. Todo este panorama empezó a “derretirse”, cambiando aquella sociedad que estaba estancada y era demasiado resistente a los cambios, por otra sociedad líquida y maleable, en la que partiendo de los conceptos de fluidez, cambio, flexibilidad, adaptación, se arriba así al concepto de lo “líquido”, y cuyas características quedarían sintetizadas en el hecho que todo se ha individualizado”.


De donde todo se hace líquido, ya que no se fija en el espacio ni se ata al tiempo, se desplaza con facilidad, no es posible detenerlo fácilmente; Y si todo es líquido, no podemos pretender que los partidos políticos no lo sean. Aunque debemos hacer hasta lo imposible para que no terminemos encharcados.

Fuente: SM / El Entre Ríos
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