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Sin Mordaza
15-11-2018 | Opinión | ANÁLISIS

La inseguridad que nos destroza

Tanto en áreas urbanas, como en las ciudades y poblaciones del interior, el asesinato pasa a ser un mero “divertimento”.

Pero como señalábamos todo es cuestión de grado. La diferencia entre una y otra situación se la puede ejemplificar aludiendo a la circunstancia que en extensos sectores de las grandes áreas urbanas, son muchos los que viven, de una manera consciente o no, en una situación de riesgo que debería llevarles a preguntarse –y existen muchos que lo hacen- al salir de su casa cada día, si retornarán vivitos y coleando al fin de la jornada de trabajo a su domicilio.


Con el agravante que de lograrlo no significa que antes de abrir la puerta, sea castigado con lo que ya se ve como “una fatalidad”, a lo que se agrega la imposibilidad de sentirse, al menos en forma absoluta, seguro dentro de su propia casa.


Mientras que fuera de esas grandes zonas urbanas por lo general lo que en ellas es la regla pasa a ser la excepción, por más que aun en el caso de las ciudades y poblaciones de escala más reducida se asista a una sensación angustiosamente creciente de inseguridad.


Frente a la complejidad de la situación descripta y a lo que es una exigencia colectiva insoslayable, se debe tener cuidado en no errar, tanto en las políticas a seguir en la materia, como en lo que respecta a la forma que las mismas resulten ejecutadas; ya que de no ser así, las formas de actuar a esos dos niveles pueden llevar no a una superación, sino a un agravamiento del estado de inseguridad del que partimos.


Es indudable que vivimos, y estamos todavía viviendo, en una situación en la que la violencia se ha enseñoreado en los espacios públicos, no solo en el caso de delitos concretos, sino de acciones de protesta social que a veces se detienen en el límite de lo legal y a veces lo traspasan. Ello quiere decir para hacerlo con una palabra que se ha puesto de moda y que se ha “naturalizado” la violencia entre nosotros.


Como consecuencia se ha llegado a invertir el slogan setentista de que “la violencia de arriba es la que genera y justifica la violencia de abajo”. Encontrándonos así ante el reclamo de la sociedad que la violencia de todo tipo sea aplacada y erradicada con el empleo del mismo medio. Con olvido de que si pretendemos vivir en un Estado de derecho, de lo que se trata es de aplicar en forma estricta y sin hacer distinciones de ningún tipo, la ley vigente.


Somos conscientes del hecho que un gran sector de la opinión pública se haya inclinado a “pegar duro” a la delincuencia, sin que sea necesario explicar que ello significa una actitud cuando menos desaprensiva la aplicación frente a los excesos que puedan llegar a cometerse –y se cometan- en el resguardo del orden.


También que aquí se da lo que cabría calificar como el “efecto contagio” –el que tiene nombre porque es el “efecto Bolsonaro”- aunque para actuar como muchos reclaman, no hace falta apelar a los dichos de este último.


Ello independientemente de que no está demás describirlo, ya que es una versión muy simplificada de lo que muchos reclaman entre nosotros. Y que viene a significar la aplicación, según intelectuales brasileños sensatos, de tres ideas básicas cuales son fomentar que los policías maten con impunidad, facilitar el acceso a las armas entre la población y endurecer el código penal.


De allí que no resulte inadecuado desgranar los comentarios que provocan esas ideas. Comenzando con la última idea, cual es “el endurecimiento del Código Penal”. Lo cual dicho en buen romance, significa no otra cosa que elevar los montos mínimos y máximos de las penas de privación de libertad en forma variable, según el tipo de delito.


De esa manera, se habla sin tener en cuenta que en la sociedad actual la severidad de las penas ha dejado de tener un efecto disuasorio, en relación a aquéllos a los que se los escucha decir “ya estoy jugado”, o de aquéllos que se consideran intocables.


Del promover la tenencia de armas por parte del vecino común, consideramos que es otra idea en la que no vale la pena extenderse; porque no entra en nuestras tradiciones “el andar calzado” y se conoce la nefasta experiencia que son los Estados Unidos en la materia.


Por su parte algo que resulta preocupante, son los nuevos aires –explicables, pero nunca justificables y siempre inadmisibles- que se respiran en forma creciente en nuestra sociedad, que se traduce en una suerte de “habilitación para matar” ante quien es encontrado en flagrancia, y en otros casos cuando ya han delinquido. Habilitación que se expresa en una interpretación más laxa, por decirlo en alguna forma, de la justificación del actuar en legítima defensa, así como por declaraciones de las máximas autoridades de la fuerzas seguridad, que actuaran en “defesa de sus hombres”, actitud en principio lógica y hasta obvia, pero que lamentablemente dentro de las fuerzas de seguridad puede llegar a ser interpretada como una señal de permisividad frente a los excesos en su actuar.


Ninguna duda cabe que se debe valorar, respetar y colaborar con una fuerza policial que se muestre eficaz e implacable en el cumplimiento de sus funciones, pero siempre dentro del marco de la ley.


O sea que desde esa perspectiva, la existencia de las fuerzas de seguridad a las que debemos aspirar significa lo contrario a darles “carta blanca” para actuar. Es que como lo ha advertido un especialista en sociología penal “la violencia policial siempre viene acompañada de corrupción. El policía que tiene autorización para matar también tiene autorización para extorsionar”.


De donde que lo que resulta necesario es, sobre todo, capacitar y formar a las fuerzas de seguridad de una manera integral y eficiente, al tiempo que se las dota todo lo necesario para el desempeño eficaz de sus funciones, de manera que se vuelvan del todo conscientes que es a través de ellas que tiene contar el Estado para ejercer el “monopolio de la fuerza” que es su primera razón de ser y que actualmente, como es de lamentar, está en nuestro país puesto en cuestión. Algo que significa que actuar de una manera diferente solo lleva a su desprofesionalización y descontrol.


Queda por último una escueta pero necesaria referencia a la justicia. La que paradójicamente es solicitarle que actúe ceñidamente ajustada a la ley. Algo que significa independencia, imparcialidad, profundización en las investigaciones y celeridad en la respuesta a la sociedad, a través de sentencias que no sea ni draconianas, ni exhiban una liviandad que muchas veces suena a humorada, sino que simplemente sean justas. Ya que la justicia es algo que en estos momentos parece faltarnos, en la medida que una defectuosa incertidumbre es también una manera en la que la inseguridad se hace presente.

Fuente: SM / El Entre Ríos
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